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La larga lucha del relato corto en España

La del cuento en la literatura española ha sido siempre una historia de vaivenes. El escaso tirón del cuento entre los lectores ha lastrado la producción del género en ciertos períodos.

La del cuento en la literatura española ha sido siempre una historia de vaivenes. En especial, durante el siglo XX, cuando se alternaron ciclos en que se despreciaba la narración breve y ciclos en que se reivindicaba. A día de hoy, sin embargo, parece superada esa vieja discusión.

Aparentemente, las dudas de ciertas épocas acerca del valor de la narrativa abreviada se han ido desvaneciendo en nuestro país. Ya nadie, o casi nadie, cuestiona que el relato corto pueda alcanzar las mayores alturas creativas. Y seguramente a eso no fueron ajenos la eclosión de la literatura latinoamericana y el prestigio alcanzado por cuentistas como Cortázar, Bioy Casares y, principalmente, Jorge Luis Borges.

Pero en el tradicional debate entre velocistas y fondistas de la narración también ha tenido su papel el componente comercial. El escaso tirón del cuento entre los lectores ha lastrado la producción del género en ciertos períodos, y en otros se llegó incluso a evitar la propia palabra «cuento» en favor de «relato», por considerar que la primera podía remitir a las ficciones infantiles. Así que no son pocos los matices que hay que tener en cuenta en esta historia.

La idea del relato breve como pieza perfecta y acabada

Los cuentistas españoles, al igual que los demás, se han acercado al cuento navegando entre las teorías más o menos aceptadas sobre el género. Es evidente que hablamos de una narración breve, pero distinguir una novela corta de un cuento largo puede acabar asemejándose a discutir sobre el olor de las nubes.

Max Aub
Max Aub

Parece, de todas formas, razonable sostener que una novela va ofreciendo en sus capítulos visiones incompletas, mientras un cuento suele mostrarlo todo de una vez. Un relato breve se construye a menudo sobre su final, apoyando en él buena parte de su peso tal como ha señalado Méndez Ferrín. Y necesita de la síntesis, pues en un cuento no cabe el relleno que Borges decía encontrar en todas las novelas que había leído. Por eso, cuando a Quim Monzó le preguntaron qué tiene el cuento que no tenga la novela, su respuesta fue «agilidad, concisión, economía narrativa, fulgor». Un buen resumen.

El cuento literario: una tradición no tan larga

Las colecciones de cuentos populares que los Grimm presentaron a principios del XIX pusieron de moda aquellas narraciones en toda Europa y, de algún modo, prepararon el terreno para que los escritores se lanzaran al asalto del relato breve armados de todos sus recursos literarios

Esa mayoría de edad decimonónica del cuento escrito quedó, por lo que a España se refiere, en manos de autores como Clarín, quien a pesar de ganar fama novelística dedicó tiempo y cuidado al relato corto. No son pocos los que consideran ¡Adiós, Cordera! uno de los mejores cuentos del XIX español. 

La colosal capacidad productiva de Pérez Galdós, maestro de la novela realista, también le permitió cultivar el género con fortuna; muchos de sus relatos fueron publicados en la prensa de la época y algunos, como Theros, revelan la dimensión más fantasiosa y desconocida del escritor canario. Emilia Pardo Bazán, por su parte, escribió centenares de cuentos que fueron recopilados bajo títulos como Arco iris, En tranvía, Cuentos antiguos o El encaje roto

Ayala, Max Aub y las greguerías de Ramón

El singularísimo Ramón Gómez de la Serna marcará las primeras décadas del nuevo siglo con su originalidad, sus greguerías y su gusto por desmarcarse de las convenciones narrativas. No habrá una sola cosa que haga al modo tradicional, y de su labor abriendo caminos expresivos y derribando muros se aprovecharán las generaciones posteriores. Solo hay que ver los títulos de algunos de sus microrrelatos para tener ciertas pistas sobre la personalidad del autor: Aparición del tritón, El fanático de Dios, El gato que vuela, La cleptómana de cucharillas, Verdadera falsa muerte de Calígula

Ligeramente más jóvenes que de la Serna eran Francisco Ayala y Max Aub, ambos nacidos a principios de siglo y ambos exiliados tras la Guerra Civil. Los usurpadores, de Ayala, y La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco y otros cuentos, de Aub, son valiosos ejemplos de su arte cuentístico que vieron la luz en Argentina y México, respectivamente.

¿Una edad de oro del cuento realista?

Pero en España, con las dificultades y los obstáculos impuestos por el franquismo, también se publicaba. Se abría paso una generación que, entre otras cosas, iba a devolverle la vida al relato breve. Ignacio Aldecoa pronto se convirtió en referente del cuento neorrealista, mientras Rafael Sánchez Ferlosio empezaba a producir una obra muy personal cuyas brillantes excursiones por el relato quedarían recogidas muchos años después en El escudo de Jotán

Carmen Martín Gaite
Carmen Martín Gaite

Carmen Martín Gaite es otro de los nombres ilustres de ese grupo, al que ni por edad, ni por actitud, ni por estilo pertenece, sin embargo, Álvaro Cunqueiro, un verso suelto que con su fantasía desbordante hizo de contrapeso a la grisura franquista. En Cunqueiro, la tendencia a la narración breve es tan irrefrenable que incluso sus novelas, como Un hombre que se parecía a Orestes o Las mocedades de Ulises, son en realidad una continua y deslumbrante sucesión de cuentos.     

Últimas décadas del XX: las siete vidas del relato

El ambiente opresivo de la dictadura asfixiaba, de todos modos, el panorama literario español. Era necesario aire nuevo, pero cuando llegó, en los últimos lustros del franquismo, casi se podría decir que solo ventiló a la novela. La renovación de la narrativa en los sesenta y primeros setenta tuvo al género novelístico como principio y fin, mientras el relato breve era empujado una vez más al rincón oscuro.

No obstante, una figura tan heterodoxa como el escritor y cineasta Gonzalo Suárez fue capaz de sacarse de la manga, en 1964, un sorprendente libro de cuentos titulado Trece veces trece. Prescindiendo de tendencias, como siempre haría, reventó los esquemas realistas de la generación de Aldecoa e introdujo lo delirante, lo descabellado y lo absurdo en una obra tan audaz que tardaría en ser entendida y apreciada, a pesar de contar con los elogios de gente tan dispar como Vicente Aleixandre y Julio Cortázar.

Pero la excepción no es la regla, y habría que esperar a los ochenta para que un nuevo grupo de escritores volviera a rescatar y mimar el cuento. Para entonces, ya se había digerido el boom americano y el lenguaje de la narración breve se había ensanchado y enriquecido. Empiezan los años de los Marías, Vila-Matas o Millás, pero también ve la luz, al final de esa década, un peculiar artefacto literario llamado Obabakoak, del vasco Bernardo Atxaga. Quizá una colección de cuentos con un marco que los reúne o quizá una novela construida con casi una treintena de relatos cortos. Entre sus páginas se encuentran, en cualquier caso, dos piezas muy sugerentes sobre el propio arte del relato: Para escribir un cuento en cinco minutos y Método para plagiar.

Bernardo Atxaga
Bernardo Atxaga

Por lo demás, Atxaga ha demostrado ser un maestro de la narración breve, con piezas como Dos letters o Cuando una serpiente, y novelas cortas como Dos hermanos. Una maestría que ha compartido con dos escritores que tampoco tienen el castellano como primera lengua literaria: el gallego Manuel Rivas, autor de Un millón de vacas y ¿Qué me quieres, amor?, y el catalán Quim Monzó, dueño de un personal y celebrado estilo cuentístico cuya producción se ha reunido en un volumen titulado Ochenta y seis cuentos.

Otras voces consagradas en el género son las de Pedro Zarraluki y José María Merino. También la de Eloy Tizón, con tres libros de cuentos (Técnicas de iluminación, Parpadeos y Velocidad de los jardines) que le han valido un enorme prestigio y una posición de privilegio en el relato breve español de la actualidad.

¿Y ahora qué?

La futurología no suele tener mucho éxito cuando se trata de anticipar suertes y tendencias literarias, pero es interesante tomar nota de las señales que apuntan los que más saben. En el caso del género cuentístico, el mencionado Eloy Tizón señalaba en esta entrevista que ciertas reglas tenidas hasta ahora por ineludibles están siendo dinamitadas en los últimos años. Aunque nadie sabe, en realidad, cuál va a ser la cara del cuento dentro de algunas décadas.

Por el momento, podemos leer a nuevas generaciones de escritores para comprobar que la literatura de corta distancia mantiene la salud y continúa produciendo obras de estimable altura creativa cuando el talento acompaña. La isla de los conejos, de Elvira Navarro, El fumador pasivo, de Daniel Gascón y Antes de las jirafas, de Matías Candeira, son buenos ejemplos de ello. 

El señor y lo demás, son cuentos, Leopoldo Alas Clarín
El señor y lo demás, son cuentos
Leopoldo Alas Clarín
13 cuentos, Benito Pérez Galdós
13 cuentos
Benito Pérez Galdós
Los usurpadores, Francisco Ayala
Los usurpadores
Francisco Ayala
Campo de los almendros, Max Aub
Campo de los almendros
Max Aub
Todos los cuentos, Carmen Martín Gaite
Todos los cuentos
Carmen Martín Gaite
Cuentos completos, Ignacio Aldecoa
Cuentos completos
Ignacio Aldecoa
Hijos sin hijos, Enrique Vila-Matas
Hijos sin hijos
Enrique Vila-Matas
Obabakoak, Bernardo Atxaga
Obabakoak
Bernardo Atxaga

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