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Experimentos, juegos y piruetas de literatos

La historia de la literatura también tiene sus exploradores. Los grandes autores han buceado en las profundidades de la lengua y la técnica narrativa.

La historia de la literatura también tiene sus exploradores. Pero en lugar de ir a la Antártida o al corazón de la selva, han buceado en las infinitas profundidades de la lengua y la técnica narrativa. A veces experimentando con drogas, a veces dejando a un lado la consciencia y a veces entregándose a intrincados y oscuros juegos verbales.  

Los experimentos con palabras tienen la ventaja de que no pueden hacer explotar el laboratorio, pero eso no quiere decir que estén exentos de riesgos. Entre ellos, el de trabajar sin red, dedicando años y esfuerzos a búsquedas que muchas veces no llevan a ningún lado. Recordaremos a algunos de esos intrépidos autores que intentaron, con mayor o menor fortuna, romper barreras para llevar los recursos de la literatura un poco más allá. 

Alucinógenos y psicotrópicos

Los estados alterados de conciencia han sido empleados para diversos fines desde que el hombre es hombre. Y la literatura no ha sido una excepción. Ilustres como Baudelaire, Gérard de Nerval y Dumas estuvieron entre los miembros del Club del hachís, cuyo nombre ya lo dice casi todo. Vestidos como los árabes, se reunían en un hotel parisino a mediados del siglo XIX para vivir sus paraísos artificiales; y precisamente Los paraísos artificiales acabó sirviendo de título a los escritos que Baudelaire dedicó a sus viajes psicodélicos y sus amigas, las sustancias estupefacientes. 

Pero las drogas no solo fueron cosa de poetas malditos y escritores polémicos. Según se cuenta, Stevenson escribió El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde en muy pocos días, trabajando febrilmente y bajo el influjo de la cocaína. También es de sobra conocido que la llamada generación beat, empezando por William S. Burroughs, se metió todo lo que tuvo a mano para estimular su creación literaria

Burroughs
William Burroughs

Los surrealistas, los dadaístas y sus nietos

En el caldo de cultivo de las primeras décadas del siglo XX, las artes experimentaron ansiosamente para dinamitar moldes e ideas obsoletas. André Breton, cabecilla del surrealismo, se hizo entusiasta defensor de la llamada «escritura automática», que pretendía captar de inmediato lo que sucedía en la mente del autor antes de que la razón interviniera. «En cada segundo que pasa hay una frase, extraña a nuestro pensamiento consciente, que desea exteriorizarse», dice Breton en su primer manifiesto surrealista.

Pocos años antes, por 1916, un joven refugiado en Zurich durante la guerra y llamado Tristan Tzara, se reúne con otras cabezas inquietas en el Cabaret Voltaire. Por las tardes juega al ajedrez con Lenin y por las noches se inventa Dada, en uno de cuyos manifiestos explicará cómo escribir un poema dadaísta: se recortan palabras de un periódico, se meten los recortes en una bolsa, se agitan y se van sacando uno por uno, mientras se copian en ese mismo orden. El poema resultante, concluye Tzara, «se parecerá a usted».

Oulipo, ejercicios de literatura potencial
Oulipo, ejercicios de literatura potencial

Heredero de aquel espíritu explorador fue el movimiento Oulipo, fundado en 1960 por un escritor y un matemático. Pero ahora se le daba la vuelta al calcetín, y en vez de apartar la razón y confiar en el azar, se establecían marcos artificiales y aritméticos para la creación artística que podía aprovechar el escritor. 

Raymond Queneau, uno de los fundadores, dejó una muestra de su método llamada Cent mille milliards de poèmes. La obra se compone de diez sonetos con una rima similar, de forma que cada uno de sus versos puede ser sustituido por el de cualquiera de los demás poemas, siempre que ocupe la misma posición en el orden del soneto. El resultado es la astronómica cifra de poemas posibles a la que se refiere el título, que supone lectura para, literalmente, ¡un millón de siglos!

La herencia de Joyce

Pero pocos nombres hay tan asociados a la experimentación literaria como el de James Joyce. El irlandés soltó en 1922 una bomba en las entrañas de la narración tradicional. Se llamaba Ulises, y contenía cientos de páginas tan célebres como difíciles de leer por su infinidad de juegos verbales, referencias, divagaciones y acertijos. Con todo, el Ulises casi resulta una novela costumbrista si la comparamos con Finnegans Wake, en la que Joyce usa decenas de lenguas y jergas diferentes y revienta cualquier idea al uso sobre lo que es contar una historia.

¿La obra? Algo ilegible para prácticamente todo el mundo, pero que, como su autor vaticinó, contiene tal cantidad de enredos y jeroglíficos idiomáticos que ha conseguido ocupar a los críticos durante todos estos años.

En cualquier caso, la huella de Joyce es profunda en una parte notable de la literatura posterior. Incluso en la España franquista se escribió una obra como Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos, que no esconde la influencia del autor de Dublineses. Más radical fue la apuesta de Julián Ríos, quien en 1983 publicó algo parecido al Finnegans Wake en español. Se llamó Larva, y tuvo su impacto en un momento en que la literatura hispana empezaba a respirar tras tantos años de obstáculos y censuras. 

Los paraísos artificiales, Charles Baudelaire
Los paraísos artificiales
Charles Baudelaire
El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Robert L. Stevenson
El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde
Robert L. Stevenson
El amor loco, André Breton
El amor loco
André Breton
Yonqui, El almuerzo desnudo, Queer, William S. Burroughs
Yonqui, El almuerzo desnudo, Queer
William Burroughs
Ejercicios de estilo, Raymond Queneau
Ejercicios de estilo
Raymond Queneau
Ulises, James Joyce
Ulises
James Joyce
Siete manifiestos Dada, Tristan Tzara
Siete manifiestos Dada
Tristan Tzara
Tiempo de silencio, Luis Martín-Santos
Tiempo de silencio
Luis Martín-Santos

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