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Escribir y viajar, viajar y escribir

¿Qué son los libros de viajes? Probablemente, el resultado del deseo que siempre han tenido los viajeros de contar aquello que han visto y vivido.

¿Qué es la literatura de viajes? Probablemente, el resultado del deseo que siempre han tenido los viajeros de contar aquello que han visto y vivido. De esa ansia nació un género que es, en realidad, muchos géneros, porque abarca relatos de cariz novelesco, diarios de caminantes, periplos filosóficos, crónicas de aventuras y conquistas e incursiones en la antropología o la historia. No pocos libros de viajes son, en realidad, anárquicas y apasionantes mixturas de todas esas cosas.

El viaje del héroe es un tema recurrente en los viejos mitos, y también, por tanto, en las primeras formas de literatura. Una tradición que el mundo clásico recogió, y que llevó a Homero a hacer que el pobre Odiseo fuera zarandeado mil veces por los mares y los dioses antes de alcanzar Ítaca. Pero lo que hoy entendemos, grosso modo, por libro de viajes, quedaba todavía lejos.

Los peligrosos viajes medievales y las crónicas del nuevo mundo

Quizá no hay viajero más famoso que Marco Polo ni relato por tierras exóticas más conocido que su Libro de las maravillas. Sin embargo, el autor de ese libro escrito en la cárcel no fue, al parecer, el  trotamundos veneciano, sino un compañero de celda llamado Rustichello de Pisa, que usó la tinta para fijar las andanzas que Marco narraba. 

Medieval es también Embajada a Tamerlán, la crónica del viaje que un grupo de hombres elegidos por Enrique III de Castilla hicieron al corazón de Asia entre 1403 y 1406. ¿El motivo? Entrevistarse con el temido emperador para ganarse su favor. Algo tan difícil como arriesgado, entre otras cosas porque el caudillo mongol tenía la costumbre de sentar a los emisarios en una piedra mágica que, según se decía, sudaba cuando el mensajero no contaba la verdad.

No faltaba mucho para la llegada española a América y las inverosímiles peripecias narradas por los que llegaron allí a buscar fortuna. Bernal Díaz del Castillo fue uno de aquellos cronistas, como lo fue Álvar Núñez Cabeza de Vaca, que en sus Naufragios relata desventuras y penurias para llenar varias novelas: años de odiseas atravesando selvas, enloqueciendo de hambre, viviendo con los indios, siendo esclavo, comerciante y curandero, y viendo cosas jamás vistas por un europeo. 

El sofisticado Grand Tour 

En la Edad Moderna se va a poner de moda un tipo de viaje muy diferente al de Cabeza de Vaca. El Grand Tour es cosa de aristócratas y gentes pudientes que buscan conseguir cierto barniz cultural yendo a pasear entre las ruinas de Roma y Pompeya y asombrándose ante las maravillas renacentistas. Italia es el destino al que todo aspirante a hombre culto debe ir, y las familias poderosas envían allí a sus jóvenes cachorros para que adquieran experiencia y temas sobre los que conversar en los salones a su vuelta. 

Hombres de letras como Goethe y Sterne viven y narran su periplo como tourists (palabra que dará lugar a turista), y el Viaje sentimental del segundo consagra la nueva forma de escribir del viajero. Deja atrás la obsesión racionalista por el inventario y la descripción, y da vía libre a la subjetividad, a la emoción, al romanticismo. El propio Stendhal, como es conocido, acabará poniéndose enfermo en Florencia por un empacho de belleza.

Pero al margen de esa diversión de ricos que es el Grand Tour, sigue habiendo aventureros reales que cuentan sus andanzas. Es el caso del español Alí Bey, por verdadero nombre Domingo Badía, quien recorre el imperio otomano como espía de Godoy, hace migas con sultanes y presta servicios a Napoleón antes de morir envenenado en Damasco. Badía, que dejó escritas las cosas insólitas que había visto y vivido, bien podría haber sido un personaje de Verne o Salgari, que emplearon la ficción para describir viajes extraordinarios como el que se relata en La vuelta al mundo en ochenta días.

Descubrir el mundo en la era de la tecnología

Al empezar el siglo XX, todo está un poco más cerca gracias al fulgurante progreso de los transportes, y la época del colonialismo agoniza mientras André Gide publica Viaje al Congo y denuncia los abusos de la metrópoli. 

Otros rumbos en la literatura de viajes toman pesos pesados como Lawrence Durrell, con Carrusel siciliano o La celda de Próspero. Durrell, por cierto, hará de anfitrión en Corfú de su amigo Henry Miller, quien convertirá sus meses griegos en un libro excepcional titulado El coloso de Marusi.

En las últimas décadas, son varios los nombres que aportan brillantez a la tradición de los libros de viajes. Paul Theroux, autor de El gran bazar del ferrocarril, es una de las referencias, lo mismo que Kapuscinski con Ébano y Viajes con Heródoto. También Cees Nooteboom, siempre en las quinielas para el Nobel de Literatura, es responsable de una espléndida obra viajera que incluye El desvío a Santiago y Hotel Nómada.

El español Javier Reverte es otro escritor que ha sabido conectar con los lectores de la actualidad, tan ansiosos como los antiguos, según parece, por conocer y comprender este ancho y extraño mundo.

El libro de las maravillas del mundo
El libro de las maravillas del mundo
Marco Polo
El viaje sentimental
El viaje sentimental
Laurence Sterne
Viaje al Congo
Viaje al Congo
André Gide
Naufragios
Naufragios
Álvar Núñez Cabeza de Vaca
El coloso de Marusi
El coloso de Marusi
Henry Miller
El gran bazar del ferrocarril
El gran bazar del ferrocarril
Paul Theroux
Ébano
Ébano
Ryszard Kapuściński
El desvío de Santiago
El desvío de Santiago
Cees Nooteboom

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