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Los inventores de aventuras

Autores como Daniel Defoe, Jonathan Swift, Alejandro Dumas o Julio Verne son algunos de los representantes más importantes de los libros de aventuras.

En el mismo corazón de la literatura se encuentran los relatos sobre héroes que recorren tierras desconocidas y se enfrentan a mil y un peligros. Y es que las narraciones de aventuras son tan antiguas como el propio arte de contar. Pero no pretendemos aquí ocuparnos de toda la historia de la novela aventurera; solo de su edad dorada, que coincide, década arriba o abajo, con el siglo XIX.

Antecedentes cercanos de ese gusto decimonónico por los mundos exóticos y los personajes envueltos en peripecias podemos encontrar varios, pero Daniel Defoe y Jonathan Swift han logrado un sitio en la memoria universal. De su imaginación salieron el náufrago por excelencia, Robinson Crusoe, y una de las escenas más icónicas de la literatura de aventuras: el buen Lemuel Gulliver amarrado al suelo y rodeado de liliputienses. 

Espadas, condes, piratas y mosqueteros

Con sus encantamientos, bosques, reyezuelos, arqueros y cotas de malla, la Edad Media siempre fue terreno abonado para la fantasía de los escritores. De ese caldo de cultivo, y de la tendencia a mirar al pasado tan propia de las épocas románticas salieron novelas como Ivanhoe, del escocés Walter Scott, o La flecha negra, de su compatriota Robert Louis Stevenson.

Stevenson es también, naturalmente, autor de una de las narraciones canónicas del siglo XIX. La isla del tesoro tenía un malo carismático en Long John Silver, tenía misterio, tenía una canción, tenía mares y barcos y tenía exotismo. Y ese filón también lo supo aprovechar Emilio Salgari, que a pesar de crear a Sandokán y al Corsario Negro tuvo que malvivir escribiendo casi al peso. Hay que añadir que, entre novela y novela de piratas malayos, Emilio sacó un rato para batirse en duelo con un periodista por un quítame allá esas pajas. La cosa acabó con el plumilla en el hospital y el escritor en prisión

Mucho mejor le fue con sus libros a Alexandre Dumas, quien llegó a tener tantos encargos que montó una especie de factoría Dumas, en la que otros escritores trabajaban en novelas que solo firmaba él. Con todo, El conde de Montecristo y Los tres mosqueteros son obras mayores de la literatura, por encima de los géneros y etiquetas que tan a menudo condicionan los juicios. Es un consuelo saber que, al menos, su autor pudo vivir muy bien gracias a su genio.

El visionario Verne y la carrera de la ciencia

Pero a Dumas no solo hay que agradecerle sus obras. También haber dado apoyo a un joven llamado Jules Verne que quería dedicarse a escribir desoyendo los consejos paternos.

A aquel principiante le interesaba menos el pasado y más la vertiginosa transformación que vivía el mundo de su época. Fascinado con los adelantos tecnológicos, embarcaría a sus personajes en todos los artefactos imaginables y los llevaría a las nubes, las selvas, los abismos oceánicos, las entrañas del planeta e incluso el espacio exterior. La aportación de Verne a los libros clásicos de aventuras es incomparable, y valgan como ejemplos Viaje al centro de la Tierra, La isla misteriosa, Miguel Strogoff, Veinte mil leguas de viaje submarino o De la Tierra a la Luna.

Veinte mil leguas de viaje submarino
‘Veinte mil leguas de viaje submarino’

El inmortal francés hizo, como es sabido, de sorprendente pitoniso del futuro, y hoy es considerado uno de los padres de la ciencia ficción. Comparte ese honor con H. G. Wells, cuyas novelas La máquina del tiempo y La guerra de los mundos no dejan de ser también una efectiva mixtura de fantasía científica y narración de aventuras.  

Pero entonces, ¿qué es una novela de aventuras?

No parece que tenga demasiado sentido delimitar géneros y trazar límites cuando de literatura se trata. Pero si podríamos afirmar que lo que se suele llamar novela de aventuras está mucho más centrado en la acción exterior que en lo que se cuece en la cabeza de los protagonistas. Es decir, que los flujos de conciencia que tanto gustaban a Joyce y otros escritores experimentales no tienen aquí demasiado que pintar.

Es esa preferencia por la acción lo que ha hecho posible que los clásicos del género se pudiesen adaptar fácilmente al cine y al cómic, e incluso disfrazar de cuentos infantiles. Y es que hasta Tarzán de los monos es un personaje de novela. Lo creó Edgar Rice Burroughs ya entrado el siglo XX, cuando la fiebre por los libros de aventuras empezaba a decaer por mucho que entre sus entusiastas todavía hubiese un lector llamado Adolf Hitler.

Robinson Crusoe, Daniel Defoe
Robinson Crusoe
Daniel Defoe
La isla del tesoro, Robert L. Stevenson
La isla del tesoro
Robert L. Stevenson
El conde de Montecristo
El conde de Montecristo
Alexandre Dumas
Los tres mosqueteros, Alexandre Dumas
Los tres mosqueteros
Alexandre Dumas
Ivanhoe, Walter Scott
Ivanhoe
Walter Scott
Cinco semanas en globo, Julio Verne
Cinco semanas en globo
Jules Verne
La guerra de los mundos, H. G. Wells
La guerra de los mundos
H. G. Wells
Cuentos completos, H. G. Wells
Cuentos completos
H. G. Wells

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