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Las lecturas de los poderosos

Reyes, tiranos, emperatrices y presidentes también pasaron horas agarrados a los libros. Descubre cuáles eran eran sus lecturas favoritas.

Reyes, tiranos, emperatrices y presidentes, grandes poderosos de la historia, también pasaron horas agarrados a los libros, fuera para aprender, buscar soluciones a sus dilemas de gobernantes u olvidar por un rato sus pesadas responsabilidades. Nada sorprendente. Pero más interesante es saber, por ejemplo, que Felipe II leía ávidamente sobre ocultismo, que Hitler devoraba malas novelas del oeste o que Churchill estaba interesadísimo en la vida extraterrestre

Esoterismo, vaqueradas y ovnis

El líder nazi, eso parece claro, no digirió demasiado bien las lecturas de su vida. Pero además de aprovechar una gran biblioteca para alimentar sus ideas delirantes, leyó y apreció sobremanera libros famosos como Robinson Crusoe o Los viajes de Gulliver. Lo más peculiar en los gustos lectores de Hitler, sin embargo, fue su pasión por Karl May, un autor alemán de historias de indios y vaqueros destinadas a un público juvenil, y su obsesiva fijación con las ciencias ocultas, compartida, por cierto, con parte de la cúpula del Tercer Reich.

Esa atracción irresistible por los saberes prohibidos también la había sentido Felipe II, varios siglos antes. El monarca no era tan beato ni tan cerrado como dice la leyenda negra, sino más bien un tipo culto y ansioso por conocer múltiples materias, como era propio del Renacimiento. Así reunió en El Escorial una enorme biblioteca de hermetismo, alquimia y cabalística en un tiempo en que la Inquisición le tomaba la matrícula a cualquiera que dijese media palabra de más.

Distinta fue la época de Winston Churchill, a quien gustaba tanto zambullirse en los libros como fumar puros o beber whisky. El premier británico leyó con ansia sobre muchos temas y es conocida su erudición histórica, pero también le interesaba la ciencia. En particular, la astronomía, la especulación sobre la vida extraterrestre y el fenómeno ovni, que le preocupó incluso mientras Europa era devastada por la Segunda Guerra Mundial.

Dictadores que leían y dictadores que no

Hasta sus mayores enemigos reconocían la cultura de Stalin y su sorprendente capacidad para retener en la memoria buena parte de sus lecturas. Los gustos del hombre de hierro soviético eran variados, pero echó muchas horas sobre las páginas de Marx y Engels, y también sobre las de encarnizados rivales como Leon Trotski. En sus márgenes solía Stalin hacer rápidas anotaciones y contundentes comentarios, molestias que nunca se tomó, por ejemplo, Benito Mussolini.

El Duce no era un hombre dado a la lectura ni parece que le preocupase mucho eso de instruirse. Según se dice, llegó a admitir que solía leer tres páginas del principio de un libro, tres del medio y tres del final para hacerse una idea. Un ingenioso sistema que sin duda acortaría mucho el tiempo exigido por algunas obras clásicas de la literatura, como En busca del tiempo perdido o Guerra y Paz.

A Francisco Franco, por su parte, ni esas nueve míseras páginas le interesaban. El dictador ferrolano jamás fue lector, algo que sin embargo no le impidió hacer sus pinitos como novelista produciendo un engendro llamado Raza. Tan contento debió de quedar que hasta ordenó que su historia fuera llevada al cine bajo la dirección de Sáenz de Heredia, quien salvó la papeleta como pudo.

De la urgencia lectora de Bonaparte a la poesía de Sissi

Napoleón leía y conquistaba, conquistaba y leía. Su compulsiva tendencia a hacer ambas cosas definió su personalidad y también la fisonomía del continente europeo. Pero no debía de resultar muy divertido ser el librero del caprichoso Bonaparte, y ese papel le tocó en suerte a un tal Barbier. El hombre estaba encargado de la biblioteca itinerante que seguía al emperador en sus campañas, cuidadosamente organizada por temas y colocada en cajas.

Eran varios cientos de volúmenes, sobre diferentes materias, con los que el pequeño corso aplacaba la voracidad lectora en su tienda o en su carruaje. Las obras de teatro de Grecia y Roma pasaron por sus manos, como pasaron Montaigne, Maquiavelo y muchos novelistas de la época. Pero no tenía Napoleón demasiada paciencia con según qué autores, y se dice que, de vez en cuando, un volumen delicadamente encuadernado salía volando por la ventanilla del coche imperial.

Un temperamento muy distinto fue el de Abraham Lincoln, que solía leer y releer la Biblia, y también libros de poemas que se acomodasen a su tendencia melancólica como El cuervo de Poe. Algo, eso de la melancolía, muy propio también de ciertos personajes reales de la vieja Europa.

Elisabeth de Baviera, más conocida por Sissi, luchaba contra su permanente tristeza escribiendo, viajando y leyendo a Shakespeare y, sobre todo, a Heinrich Heine. Tanta fue la devoción de la emperatriz por el autor del Libro de las canciones o Cuadros de viaje que encargó una estatua suya para el palacio de Achilleion, la residencia de verano que Elisabeth mandó construir en la isla de Corfú. Y es que, a fin de cuentas, los poderosos no solo tienen libros para hacerse la vida más grata…

Cuadros de viaje, Heinrich Heine
Cuadros de viaje
Heinrich Heine
Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift
Los viajes de Gulliver
Jonathan Swift
Robinson Crusoe, Daniel Defoe
Robinson Crusoe
Daniel Defoe
El cuervo, Edgar Allan Poe
El cuervo
Edgar Allan Poe

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