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Una generación no tan perdida

¿Qué autores pertenecen a la generación perdida? Fitzgerald, Hemingway, Faulkner… Todos ellos experimentaron la bohemia parisina tras la Primera Guerra Mundial.

Al París de los años veinte acudieron los jóvenes escritores estadounidenses en busca de libertad, jarana y musas. Fue Gertrude Stein quien se refirió a ellos con una expresión, generación perdida, que terminaría haciendo fortuna. 

Sin embargo, no parece que ese nombre encaje muy bien con lo que después lograron aquellos jovenzuelos ávidos por abrirse camino en las letras. Hasta tres de ellos (Hemingway, Faulkner y Steinbeck) consiguieron el Nobel de Literatura, y otros como Francis Scott Fitzgerald y John Dos Passos llegarían a ser novelistas recomendados para generaciones y generaciones.

Las dos palabras que usó la Stein, en realidad, las había escuchado en un taller al que había llevado su coche, mientras el dueño abroncaba a uno de sus trabajadores. A la mecenas le pareció que aquello de «génération perdue» encajaba con los aprendices de escritor que llegaban desde el otro lado del océano: habían vivido la Primera Guerra Mundial y apuraban la noche parisina dando tumbos y bebiendo como esponjas. 

La casa de Gertrude y Alice

Gertrude Stein era judía, era lesbiana, era culta y era rica. Vivía con su amante, Alice B. Toklas, en un edificio de la rue de Fleurus, cuyas paredes estaban cubiertas de cuadros de Cézanne, Matisse y Picasso. Por allí pasaban, antes o después, los más distinguidos aspirantes a artista que aterrizaban en la ciudad del Sena.

Y no eran precisamente pocos. Por la capital pululaban André Gidé, Paul Valéry, Francis Picabia, Ezra Pound, Apollinaire y cualquiera que tuviese algo que decir en las artes, las letras, las especulaciones vanguardistas y las extravagancias de cualquier clase. La ciudad bullía en los cafés, las exposiciones y los cabarés, y los sábados por la noche, la señora Stein abría su casa a toda aquella prometedora bohemia. Pero ella, desde luego, no se limitaba a escuchar. También era escritora y también iba sobrada de ego, así que aconsejaba, criticaba y discutía con los incipientes creadores mientras Alice, en otra habitación, atendía a sus esposas, novias y acompañantes.

Las relaciones que se generaron entre aquellas paredes estuvieron llenas de claroscuros. Stein acogió muy bien a Hemingway y hasta llegó a ser la madrina de su hijo. Pero tiempo después, en su Autobiografía de Alice B. Toklas, soltó algunos dardos al hablar del autor de El viejo y el mar.

Ernest no se quedó callado, y siendo ya un escritor famoso aprovechó París era una fiesta para despacharse a gusto con su antigua amiga. Entre otras cosas, afirmaba que ella jamás decía nada bueno de nadie que no la hubiese favorecido o elogiado de alguna manera.   

Pero las tiranteces con Hemingway no eran nada comparadas con la tirria que Stein siempre le tuvo a James Joyce, quizá por ser el apóstol de la literatura experimental que ella pretendía hacer. El irlandés también vivió su correspondiente etapa parisina, pero no solo no era invitado a la rue de Fleurus, sino que pronunciar su nombre en presencia de la anfitriona equivalía a no ser nunca más bienvenido en aquella casa. 

¿Una etiqueta caprichosa?

En todas las generaciones de la historia literaria hay algo de arbitrario, pero a los estudiosos les resultan tan útiles que estas clasificaciones se suelen acaban imponiendo. Con la distancia, sin embargo, podemos preguntarnos cuántos rasgos comunes tuvieron los autores a los que se suele incluir en la etiqueta Lost Generation.

Es verdad que, de una u otra forma, todos ellos pasaron por la Gran Guerra siendo muy jóvenes. Y también que todos tuvieron su periplo parisino, al que llegaron huyendo de la puritana moral estadounidense. París les ofrecía aire fresco y también, por cierto, todo el alcohol que en su país prohibía la ley seca. Resulta bastante llamativo que varios de los autores en cuestión (especialmente Fitzgerald, Hemingway y Faulkner) terminaran padeciendo serios problemas de alcoholismo.

Por lo demás, no es fácil apreciar un parentesco en sus formas de escribir (Faulkner tuvo con Hemingway algún intercambio de pullas literarias), y tampoco todos pasaron por la capital francesa del mismo modo. El citado sureño, cuyo nombre se incluye siempre entre los miembros de la quinta, fue un autor bastante arisco que no tuvo contacto con los demás ni se movió en sus círculos. En cambio, Henry Miller, coetáneo, rompedor y vividor de la bohemia parisina, no se asocia habitualmente a la generación de marras.

Lo que sí parece indiscutible es la intensidad de la huella de todos aquellos creadores, porque Fiesta, Manhattan Transfer, El ruido y la furia, Suave es la noche y Las uvas de la ira son hoy obras capitales. La herencia de un puñado de escritores cuya juventud quedó encajada entre la trágica Guerra del 14 y el catastrófico crack del 29. 

El ruido y la furia, William Faulkner
El ruido y la furia
William Faulkner
Las uvas de la ira, John Steinbeck
Las uvas de la ira
John Steinbeck
Manhattan Transfer
John Dos Passos
Manhattan Transfer
John Dos Passos
París era una fiesta, Ernest Hemingway
París era una fiesta
Ernest Hemingway
Suaves es la noche, Francis Scott Fitzgerald
Suaves es la noche
Francis Scott Fitzgerald
Cantos, Ezra Pound
Cantos
Ezra Pound
La joven Parca y El cementerio marino, Paul Vallery
La joven Parca y El cementerio marino
Paul Vallery
Luz de agosto, William Faulkner
Luz de agosto
William Faulkner

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