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Escritores, talentosos y suicidas

Novelistas, poetas, escritores talentosos que se quitaron la vida. Son muchas las teorías que vinculan la creatividad artística a las tendencias depresivas…

Son muchas las teorías que vinculan la creatividad artística a las tendencias depresivas. Y lo cierto es que, durante siglos, gran cantidad de personalidades dolientes y atormentadas han dejado huella en la literatura universal. Algunas de ellas decidieron abandonar este mundo voluntariamente, quizá por no reunir las cualidades que, según Flaubert, hacen falta para vivir feliz: ser tonto, ser egoísta y tener buena salud.

Mishima y Kawabata

Puede que el de Yukio Mishima no sea el suicidio más famoso entre los hombres de letras, pero seguramente es el más espectacular. El inclasificable y genial japonés, hombre de vastísima cultura, era maestro de kendo y hasta había formado una especie de ejército particular llamado Sociedad de los Escudos.

Planeó el día D minuciosamente y, junto a algunos fieles, tomó un edificio militar y secuestró a un general para llamar la atención y hacerse oír. Subió a la azotea, lanzó un incendiario discurso a las fuerzas niponas y, tras volver al interior, se abrió las tripas con una katana y fue decapitado por sus ayudantes como manda el ritual del seppuku.

El samurái Mishima estaba en la flor de la vida cuando decidió echar el telón de tan excéntrica forma. Su amigo y mentor Yasunari Kawabata, en cambio, se sentía anciano y abatido al momento de tomar la misma decisión en 1972, solo dos años más tarde. Hacía cuatro que le habían concedido el Nobel de Literatura, un honor que le sorprendió, precisamente, porque consideraba que el de Yukio era un talento muy superior al suyo.

Sus formas de morir también estuvieron alejadas, pues frente al teatral y sangriento tinglado de Mishima, el autor de Lo bello y lo triste se fue a apagar discretamente, inhalando gas en un pequeño apartamento.

Poesía y tragedia

En Vladimir Mayakovski también hay un temperamento volcánico. El de un joven que se convirtió en bandera de la Revolución Rusa gracias a sus versos futuristas y arrolladores, y que un día de 1930 cogió una pistola y se disparó en la sien. ¿Los motivos? Nunca han terminado de estar claros, y lo mismo se habla de su posible decepción con el régimen soviético, que de problemas sentimentales, que de una obsesión con el suicidio que lo habría atormentado toda su vida. Como fuera, la imagen de Vladimir se quedó congelada a los treinta y seis años, y su poesía mantiene intacta toda la efervescencia de la juventud.

Aún más joven era Sylvia Plath cuando decidió abandonar este barrio. Tenía un largo historial de medicación y tratamientos contra la depresión crónica, además de algún intento de quitarse del medio por la vía rápida. Con todo, se casó con el también escritor Ted Hugues y tuvo con él dos hijos.

Pero lo único que le faltaba a la frágil autora de La campana de cristal era descubrir que su marido le era infiel, así que, tras su separación, y estando ella a cargo de los niños, pasó lo que tenía que pasar. Un mal día selló la cocina con trapos, metió la cabeza en el horno y abrió el gas.

También en la treintena se despidió del planeta Pedro Casariego Córdoba, una de las voces más personales que nunca haya tenido la poesía española. Escribió varios libros de poemas que no se parecen a nada ni a nadie, hizo dibujos que acompañó de textos sorprendentes (algunos reunidos en La vida puede ser una lata) y finalmente dejó a un lado las letras y se puso a pintar. Pero aún le quedaba una última cosa por escribir: un cuento que dedicó a su hija Julieta y que terminó solo un par de días antes de arrojarse a las vías del tren.

¿En qué se parecen Woolf y Wallace?

Virginia Woolf, por su parte, se mató a los cincuenta y nueve años, pero vistos sus antecedentes resulta casi milagroso que alcanzara esa edad.

Con veintipocos se había tirado por la ventana y una década después había tomado veneno para desayunar. Sobrevivió ambas veces, y andando el tiempo llegó, según sus propias palabras, a ser muy feliz al lado de su marido. Pero los problemas mentales reaparecieron y fue consciente de que ya no podría librarse de ellos, así que salió de casa, se acercó al río, se llenó los bolsillos de piedras y se metió en la corriente.

La imagen de Virginia está en las antípodas de la de David Foster Wallace, ese escritor que siempre sale en las fotos con un pañuelo en la cabeza y cierto aire de estrella del rock. Pero los demonios íntimos de ambos quizá no fueron tan diferentes.

El novelista de La broma infinita pasó media vida tomando antidepresivos y aguantó cuarenta y seis años de lucha. Con esa edad, redactó la correspondiente nota de despedida y se colgó, entrando en la macabra lista a la que también pertenecen Stefan Zweig, Alfonsina Storni, Paul Celan, Cesare Pavese y muchos, demasiados, otros.

El pabellón de oro, Yukio Mishima
El pabellón de oro
Yukio Mishima
País de nieve, Yasunari Kawabata
País de nieve
Yasunari Kawabata
Poemas, Vladimir Mayakovski
Poemas 1913-1916
Vladimir Mayakovski
Ariel, Sylvia Plath
Ariel
Sylvia Plath
Poemas encadenados, Pedro Casariego Córdoba
Poemas encadenados
Pedro Casariego Córdoba
Una habitación propia, Virginia Woolf
Una habitación propia
Virginia Woolf
La broma infinita, David Foster Wallace
La broma infinita
David Foster Wallace
Alfonsina Storni poesía
La broma infinita
David Foster Wallace

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