Categorías
Sin categoría

Escribir tras los barrotes

¿Qué hace un escritor en la cárcel? Pues escribir, naturalmente. Muchos son los poemas, cartas y novelas que se han escrito entre las paredes de una celda.

¿Qué hace un escritor en la cárcel? Pues escribir, naturalmente. Muchos autores concibieron entre rejas obras que quizá habrían sido muy diferentes en otras circunstancias. Una de ellas es nada menos que el Quijote, cuya primeras chispas se encendieron mientras Cervantes se encontraba preso en Sevilla. 

Las oscuras celdas medievales

Es probable que la mayoría de la gente piense que, a la vuelta de sus viajes por tierras orientales, Marco Polo tomó papel y pluma y se puso a describir sus andanzas en el Libro de la maravillas. Pero eso nunca ocurrió.

Aunque sobre su vida existen muchas incógnitas, parece que el veneciano Marco fue hecho prisionero por los genoveses hacia el final del siglo XIII. Dio con sus huesos en una mazmorra en la que pasó un par de años y que compartió, según se cree, con un tal Rustichello de Pisa. Rustichello era escritor, y con los relatos de su compañero de encierro y, seguramente, algunas otras historias que había escuchado, compuso una larga y exótica aventura que ha llegado a nuestros días.

Thomas Malory, en cambio, no necesitaba que nadie le contara nada nuevo. Tenía a su disposición mil y un relatos medievales sobre el rey Arturo, Merlín, Lanzarote, el Grial y la Tabla Redonda, y quería refundirlos en una única historia. El resultado sería un verdadero compendio de la materia de Bretaña titulado La muerte de Arturo, y todo parece indicar que fue escrito en prisión, pues allí debió de pasar Malory sus últimos años. Cuando el libro llegó a la imprenta, en 1485, ya hacía mucho que Thomas se había mudado al otro barrio.

Moral y buenas costumbres

En la cárcel se puede acabar por muchas razones, y la indecencia de algunos escritores, según el criterio de sus contemporáneos, los envió a redactar sus cosas al fondo de un calabozo. Pero a ninguno con tanta frecuencia como al marqués de Sade, quien pergeñó las tribulaciones de Justine durante una de las numerosas reclusiones que le tocó soportar.

Por esas cuestiones de la moral burguesa también aterrizó en el trullo Oscar Wilde. Acusado de cometer sodomía con un lord, Oscar escribió en la prisión de Reading De profundis, una larga carta dirigida a su amante, quien, a todo esto, era hijo del marqués de Queensberry, creador de las reglas del boxeo moderno. 

Jean Genet fue otro escritor sin mucha suerte con el mundo que le tocó vivir. Coleccionó visitas a celdas y calabozos por todo un catálogo de delitos en el que no faltaron, por supuesto, la impudicia y la obscenidad. Entre otras cosas, en la jaula escribió Las criadas, una obra que había de convertirse en una referencia del teatro del siglo XX a pesar de su pésima acogida inicial.

Clásicos antiguos y modernos entre rejas

Sabido es que la vida de Cervantes fue un rosario de calamidades, y que además de sufrir el famoso y largo cautiverio en Argel le tocó penar en una cárcel sevillana. ¿El motivo? Parece que sus cuentas como recaudador de impuestos no estaban demasiado claras, así que lo pusieron algunos meses a la sombra. Y fue durante esos meses, según el autor explicaría después, cuando su cabeza empezó a dar forma y sustancia al escuálido hidalgo que le traería la gloria como novelista.

A Miguel Hernández también le esperaba una gloria póstuma, y mucho más larga que la vida de su autor. El de Orihuela participó en la Guerra Civil junto al bando republicano, y al terminar la contienda fue detenido y condenado a muerte. Aunque la pena inicial se conmutó por la de treinta años de prisión, el pobre tenía los días contados porque la tuberculosis se lo iba a llevar en 1942. En la cárcel, un compañero llamado Antonio Buero Vallejo le hizo un retrato, y también en la cárcel escribió Miguel Cancionero y romancero de ausencias, el más maduro y emotivo de sus libros de poesía

Muchos son los poemas, cartas, relatos, memorias e incluso novelas que se han escrito entre las paredes de una celda. Esos miles y miles de páginas fueron resultado del aislamiento, la angustia y la necesidad de ocupar el tiempo, y se podría decir que en ellos hay casi de todo: desde el Diario de Lecumberri de Álvaro Mutis hasta las Conversaciones conmigo mismo de Nelson Mandela, pasando por el mismísimo Mein Kampf de Adolf Hitler.

La muerte de Arturo, Thomas Malory
La muerte de Arturo
Thomas Malory
Justine o las desgracias de la virtud
Justine o las desgracias de la virtud
Marqués de Sade
De profundis, Oscar Wilde
De profundis y otros escritos de la cárcel
Oscar Wilde
Cancionero y romancero de ausencias, Miguel Hernández
Cancionero y romancero de ausencias
Miguel Hernández

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *